viernes, 3 de agosto de 2012

Un amor de infancia

Os traigo un relato que para un proyecto que me pidio mi padre cree. Espero que os guste a todas.



UN AMOR DE INFANCIA


Sus risas inundaban hasta el más recóndito lugar de aquella hermosa posada. A todos los huéspedes del hostal les encantaba contemplarlos. No se explicaban cómo aquel par de niños de apenas doce o trece años podían, tan solo con estar juntos, contagiar con su alegría a todo aquel que los mirara. El caso es que lo hacían.
     Allá donde estuvieran no había nadie que, al mirarlos, no compartiera cómplice la alegría y felicidad que en su inocencia desprendían.
     Rosa aun recordaba el momento exacto en que ellos dos se conocieron, hacía ya poco más de un año. Helena llevaba allí unos seis meses y aquel día se encontraba sola y aburrida. Se hospedaba en la pensión con su madre que era viuda. Ello la obligaba a trabajar demasiadas horas y Helena pasaba gran parte de aquel tiempo aburrida y sola.
     Fue una mañana de domingo cuando el señor Rodríguez apareció en la posada junto a su hijo. Se quedarían una temporada, dijeron; dependía de como resolvieran algunos asuntos de trabajo. Rosa asentía mientras anotaba diligente en el registro de huéspedes los nombres de los nuevos inquilinos: D. Luís Rodríguez y Luís Rodríguez, hijo. Era este un joven alto, delgado y bastante guapo. Tenía un curioso aspecto de tristeza y desamparo y lo miraba todo con aquellos ojos azules, tan profundos y tan desconfiados. Ese día no reparó en la joven que, desde un rincón de la sala, observaba sin perder detalle. Pero Rosa se percató de todo. Sobre todo del brillo de ilusión que surgió en los ojos de Helena. Esa misma tarde se produjo el encuentro.
--- Hola. ¿Cómo te llamas? preguntaba confiada Helena.
--- ¿Yo?--- contestaba huraño Luís --- ¿Quien eres tu? ¿Y por qué quieres saberlo?
--- Me llamo Helena y solamente quería saber si te apetece jugar conmigo --- contestó Helena un tanto intimidada por el tono brusco y poco amistoso de Luís.
--- Mi madre está trabajando y como ahora no hay escuela, pues me paso todo el día sola y me aburro mucho y...
--- Luís, me llamo Luís --- la interrumpió el chico, un tanto avergonzado y desarmado por la sencilla franqueza de Helena. Tras un instante de duda y sintiendo, él también, la necesidad de compañía, concedió cauteloso: bueno...y ¿A qué quieres jugar?
     Desde esa misma tarde Helena y Luís se convirtieron en inseparables. Cuando querías saber donde andaba uno, no tenías más que buscar al otro. Como si se hubiesen criado juntos. Disfrutaban de esa clase de confianza y complicidad que suelen caracterizar a las almas gemelas. Habían nacido para encontrarse.
     Les encantaba jugar al escondite por la pensión. Uno se escondía y el otro lo buscaba. Claro, enseguida se encontraban, pues ya conocían todos los rincones de la casa. Uno de sus escondites favoritos era aquella habitación. La que llevaba tanto tiempo desocupada. Se decía que en ella había muerto una persona y que, por ese motivo, Rosa no la alquilaba. Pero a ellos todos aquellos chismes no les importaban. Por el contrario, en aquella habitación, habían descubierto su refugio, el lugar donde esconderse del mundo. Un lugar donde daban rienda suelta a todos los sentimientos, a todas las emociones que , día tras día, habían ido surgiendo y creciendo entre los dos.
     Era una habitación grande y sencilla, sin lujos como todas las de la casa. Lo único que destacaba en ella era la impresionante cama que, en la pared contigua a la puerta, lucia majestuosa.
     Solían dejar pasar las horas tumbados en ella. Hablando y hablando. De tonterías y fantasías, de sus sueños e ilusiones. De sus temores.
--- Helena, cuando seamos mayores, iremos a la iglesia y nos casaremos. Así nadie nos podrá separar nunca.
--- ¡Ay Luís! sabes que ese es mi sueño, pero... ¿Cómo lo conseguiremos? dices que tu padre ya te ha comentado que pronto os  marchareis. Y mi madre no hace más que decirme que ya no tengo edad para andar todo el día jugando. Que ya va siendo hora de buscarme un trabajo ---  Helena, con gesto serio, preocupado y un tanto coqueto, desgrana una por una sus cuitas; Luís la mira embelesado y calla
--- ¿Qué haremos si nos separan? ¿Qué haré yo si no te veo más? el corazón se me romperá en mil trocitos y nunca volveré a querer a nadie --- protesta convencida, mientras dos gruesas lágrimas caen amargas por sus lindas mejillas.
--- No te pongas triste Helena, yo solo quiero verte reír ¿Recuerdas el día que nos conocimos, lo asustado y receloso que estaba? --- comentó Luís en tono irónico y con una gran sonrisa en su cara.
     Helena comenzó a reír. Las lágrimas se mezclaban con las risas. Al poco, se convirtieron en francas carcajadas.
--- Si claro. Cómo lo voy a olvidar. Mirándome con aquella cara que ponías, tan desconfiada y huraña, que en el fondo casi hasta daba risa. ¡Me alegré tanto de tener compañía y de que quisieras ser mi amigo!.
--- ¿Quien podría negarse con tu encantadora sonrisa? sabes que, desde el primer momento en que nos vimos, siempre has hecho de mi  lo que has querido. Desde ese primer momento mi corazón te pertenece para siempre. Ahora dejemos de preocuparnos y disfrutemos estando juntos.
     Luís concluyó la conversación con un dulce beso en los labios de Helena. Ya había besado esos labios en anteriores ocasiones, pero siempre se maravillaba por lo dulces y suaves que eran. Sentía al hacerlo que estaba en el paraíso y una sensación de incomparable plenitud se instalaba en el centro de su corazón. En esos momentos, Luis se prometió que jamás perdería a Helena. Se prometió hacer todo aquello que fuese necesario para que, en el futuro, pudieran casarse y estar juntos.
     Mientras Luís besando a Helena se abandonaba y olvidaba, esta, mujer al fin, se preguntaba qué les tendría reservado el futuro. Su mente inquieta cavilaba, elegía y descartaba opciones, intrigaba y urdía con el fin de conseguir lo que los dos anhelaban: estar juntos. Que no los separasen.
     Al fin y al cabo, pensaban, no hacían ningún daño a nadie; no eran mas que dos niños enamorados. Mientras tanto atesoraban, con afán de ávaro, cada minuto y cada instante que, hambrientos y encelados, compartían.
     Dos días más tarde estaban, como tantas otras veces, tumbados en la gran cama que era, al tiempo, espectadora silenciosa de su amor y el único refugio que tenían. Luís estaba mucho más callado y serio que de costumbre. Una atmósfera espesa y triste los envolvía. Helena, intranquila y presagiando funestas noticias, abrazaba con fuerza a Luis. En su garganta notaba un nudo doloroso y amargo.
--- Mañana por la mañana nos vamos de la pensión. Nos vamos a Madrid.
     Las palabras de Luís fueron un susurro, pero llegaron a Helena con la fuerza de trompetas; mejor cañones, pues rompieron su corazón en mil pedazos, desmoronándola en un mar de lágrimas. Sabía que, con la marcha de Luís, su mundo se hundía sin remedio. Se venía abajo como un castillo de naipes. Su futuro se conformaría a lo que su madre quería: entrar a servir en cualquier casa de ricos y no esperar nada más de la vida.
--- No llores Helena. Espérame algunos años, cuando sea un poco mayor ya podremos casarnos. Tienes que prometerme que me esperaras. Mientras tanto, yo trabajaré y me labraré un futuro para los dos. ¿Qué dices Helena? ¿Me esperaras, verdad?.
--- Si, pues claro que te esperaré --- las lágrimas entrecortaban sus palabras --- Te esperaré todo el tiempo que haga falta. Ahora, por favor, bésame.
     Abrazándola fuertemente, Luís besó con ternura y mimo a Helena. Sus besos fueron, en principio, suaves y delicados. Pero, poco a poco, mudaron en desesperados y exigentes. Sus labios y su lengua oprimían voraces los de Helena. Quería, con posesivo afán, grabar a fuego su olor, su sabor. Quería que aquel momento permaneciera indeleble y eterno en sus memorias. Con una mano y aflojando su abrazo acarició con torpeza los delgados brazos de Helena. Después, con miedo y timidez, se acercó a sus tiernos pechos. Aún no eran totalmente maduros, pero prometían ser generosos. Se los acarició con una mezcla de ingenua rudeza y temerosa ternura. Intentaba asimilar y comprender todo el torrente de desconocidas sensaciones que inundaban su espíritu en aquellos momentos.
     Jamás había experimentado la pasión. Estaba enamorado de Helena, se habían besado en otras ocasiones; pero sin sentir la desesperada necesidad de hacerla suya que ahora lo abrumaba. De demostrarle que él era suyo. De fundir sus cuerpos en uno solo, incluso más que sus cuerpos, fundir sus almas y ser solo uno.
     Helena era mantequilla entre los brazos de Luís. Siempre le gustó que la besara; pero hoy devolvía los besos con pasión y un punto de ferocidad y cuando él posó su mano en sus pechos supo que era allí donde tenía que estar. No era malo, ni vergonzoso, ni estaba fuera de lugar. Era lo normal; pues tanto ella, como su cuerpo, eran y habían sido siempre de Luís y para Luís.
     Estaban tan embebidos el uno en el otro, tan aislados de la realidad que no oyeron los gritos que los llamaban, ni escucharon el chirrido de la puerta abriéndose. Solo repararon en que algo sucedía cuando unos brazos los separaron de golpe.
--- ¿Me podéis explicar qué está pasando aquí? --- la voz de la madre de Helena sonaba escandalizada.
--- ¡Mamá! ¡No es lo que te crees! Solamente nos estamos besando.
--- ¿Besando? ¿Y que crees que viene después de eso? Eres una desvergonzada.
     Una gran bofetada impactó rotunda en su cara. Helena, desconsolada, veía sus peores presagios cumplidos y su mundo roto en mil pedazos por la irrupción de su madre. En estas, un encolerizado  D. Luís, agarró por el brazo a su hijo y, poco menos que a rastras se lo estaba llevando. Sus ojos se encontraron por un instante, tristes y acobardados.
     No volvieron a verse. Al día siguiente se enteró que, esa misma noche, Luís y su padre habían abandonado la pensión.
     Algunos años más tarde Helena hacía su vida. No había entrado a servir en alguna casa rica, como pretendía su madre. Trabajaba en un pequeño taller de costura que había por la zona de las Torres de Quart. Su madre y ella misma seguían viviendo en la pensión. Seguir en la posada hacía que, el recuerdo de Luís, permaneciera fresco y poderoso en su memoria. Aunque no supo más de él, no lo olvidaba.
     Siempre que tenía ocasión se escabullía hasta aquella habitación y ensimismada y un tanto ida se sentaba en la cama, aquella cama en la cual sentía que estaba su historia grabada. Allí, con obsesiva tristeza, revivía los días pasados, una y otra vez, una y otra vez...
     Un día, cuando salía para el trabajo la señora Rosa, con aire misterioso, la llamó en un aparte.
--- Helena, cariño, ven que quiero hablar contigo.
--- Dígame Doña Rosa... ¿Qué pasa?
--- Pues verás --- le dijo Rosa, un tanto nerviosa y sacando un sobre del delantal --- Esto ha llegado para ti. Es una carta de Luís.
--- ¿Luís? --- el corazón de Helena latía desbocado en su pecho. Casi no podía respirar y las lágrimas inundaron sus ojos.
--- Si mi niña, es de tu adorado Luís, parece que no te ha olvidado--- y con una sonrisa cómplice Rosa le alargó el blanco sobre.
     Helena, con manos temblorosas, cogió el sobre que Rosa le ofrecía. Dio media vuelta sin saber muy bien que hacer y con el sobre cerrado en las manos sus pasos, inconscientes, la llevaron hasta la habitación y hasta la cama. "Su cama". Abrió entonces el sobre y, ya un poco más tranquila, comenzó a leer:


     "Querida Helena, no era mi intención desaparecer de esta forma de tu vida. Tampoco estaba en mi ánimo dejar pasar tanto tiempo sin que tuvieras noticias mías. Pero en este tiempo han ocurrido muchas cosas importantes, cosas que han condicionado mis decisiones.
     Cuando llegamos a Madrid, mi padre enfermó de gravedad, por lo que me vi obligado a ponerme a trabajar para mantenernos a los dos. Lejos de recuperarse fue empeorando y a los pocos meses falleció. Por aquel tiempo yo trabajaba para un señor que tenía importantes negocios en Argentina y México. Me ofreció la posibilidad de viajar con él, pues me había ganado su afecto y necesitaba un ayudante. Como ya nada me retenía en Madrid, acepté encantado aquella oportunidad. Poco después embarcamos con rumbo a Buenos Aires y allí, en América, hemos permanecido todos estos años.
     Finalmente, hace tan solo dos semanas que regresamos a España, pues tenemos pendientes algunos asuntos de negocios. Quiero que sepas Helena, que jamás te olvidé, que estos años de separación no han hecho más que fortalecer mi amor por ti. Que como te dije y te prometí, estoy en disposición de casarme contigo, que no deseo más que hacerte mi esposa.
     En cuanto resolvamos los asuntos pendientes, pediré un par de semanas de permiso y viajaré hasta Valencia para reunirme contigo. Y, si tu estas de acuerdo, pedirle a tu madre su permiso y bendición para casarnos.
     Te mando un beso. Eternamente tuyo.
                            Luís."

     La felicidad más absoluta se reflejaba en el rostro, sonriente y mojado por las lágrimas de Helena. Luís no la había olvidado. Volvía y quería casarse con ella. Su mirada soñadora recorría las volutas y molduras de la cama y sus pensamientos, erráticos, alegres y confusos giraban y giraban:
     ¡¡ Pronto estaría con Luís... pronto!!

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     Pocas semanas más tarde, tal y como prometió en su carta, Luís llegó a la pensión y al fin pudieron abrazarse y reencontrarse. Luís habló con la madre de Helena y acordaron casarse en cuanto tuvieran los papeles y les hicieran las preceptivas amonestaciones.
     Quisieron pasar su noche de bodas en "su cama". En aquella cama donde vieron nacer su amor. En la misma cama donde, más tarde, creyeron morir de angustia y de pena.
     Al día siguiente partieron hacia Madrid. Luís debía reincorporarse a su trabajo y, en breve, volvería a viajar con destino a América. Pero ya no iba solo. Helena viajaba con él y, esta vez si, estarían juntos para siempre.

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